El Renacimiento representa un proceso complejo que marca la transición del mundo medieval a la era moderna. Aunque tradicionalmente se lo ha definido como un período histórico y cultural que surge en Italia en los siglos XV y XVI, Burke aclara que no se trata de un evento con delimitaciones temporales precisas, sino de un movimiento que se desarrolla a lo largo de varias décadas, en el que se dan cambios profundos en las artes, las ideas y la visión del hombre y la naturaleza. El Renacimiento no es solo una vuelta hacia las formas clásicas, sino también una reorientación hacia el mundo empírico y natural, una ruptura con la tradición medieval basada en lo religioso y lo colectivo, en favor de un mayor énfasis en la individualidad, la razón y la observación.
Desde el punto de vista artístico, hay una transformación significativa donde la obra de arte deja de ser simplemente un objeto útil o decorativo y pasa a convertirse en un saber hacer, en una técnica que requiere conocimiento y ciencia, lo que Burke denomina la relación entre “techné” como arte y arte como saber hacer. La introducción de técnicas como la perspectiva en pintura, adoptada por Leonardo da Vinci y otros, nos muestra este giro hacia la observación de la naturaleza y la reproducción casi exacta de la realidad, intentando convertir a la pintura en un arte liberal, una de las artes del conocimiento, con una función epistemológica y social. Leonardo, en particular, busca legitimar a la pintura como un conocimiento universal, promoviendo que los artistas sean considerados también humanistas, capaces de comprender y representar el mundo natural con precisión y sensibilidad.
Surge además la idea de las humanidades. La educación letrada y el dominio del lenguaje y la escritura se consideran cualidades humanas propiamente dichas, ya desde el siglo V a.C., que muestran un cambio en la concepción del conocimiento y su transmisión. En este proceso, las artes clásicas siguen vivas, no solo en las formas plásticas, sino también en la búsqueda de imitar la antigüedad clásica, proceso que Burke describe como uno de los pilares del mito del Renacimiento: la idea de un retorno a la cultura helenística y su perfección, que también significa un giro hacia la observación y estudio de la naturaleza, desplazando la tradición de la imitación “mímesis” por una imitación que sí puede superar a la helenística, mejor.
Es importante comprender que el mito del Renacimiento, como lo expone Burke, tiene un carácter idealizado y muchas veces exagerado. Se ha construido una imagen de un período de belleza, creatividad y cultura dorada, donde un pequeño grupo de humanistas, artistas y mecenas, principalmente en las ciudades italianas, promovieron una revitalización de las formas clásicas y una mirada renovada hacia el mundo. Burke señala que este movimiento fue predominantemente urbano y minoritario, con un alcance social limitado, impulsado por las clases dirigentes que financiaban y protegían a los artistas, quienes comenzaban a tener un poder económico y social que les permitía también dedicar tiempo a la reflexión y teorización sobre su obra.
Para Burke, el Renacimiento marca el inicio del pensamiento moderno y la ciencia, enfocándose en la observación directa y el conocimiento empírico, en contraste con la visión medieval espiritual y dogmática. La potenciación del ojo como instrumento privilegiado para captar la realidad, junto con el interés en la experimentación y en el estudio sistemático del mundo natural, a partir de acá se desarrollarán las ciencias modernas.
Entonces cuando Europa empezaba a mirar el mundo con otros ojos, aparece Leonardo da Vinci. Curiosidad sin límites, cruce de conocimientos, mezcla entre arte y ciencia. ¿Cómo un pintor terminó también siendo ingeniero, anatomista, inventor? Capaz que la respuesta está en cómo entendía que todo ,desde el muslo de la pierna humana hasta el movimiento del agua, podía observarse y aprenderse para representarlo en una pintura. Y Leonardo, con su manera de unir la precisión científica y la belleza artística, entraba perfecto en ese cambio.
La idea no era solo copiar lo que se veía, sino capturar la esencia de las cosas. Ahí entra en juego lo que está en el texto “La ciencia de la pintura reside en el relieve de los cuerpos y en el arte de que aparezca el fondo con profundidad” (p. 12). Ese interés por el relieve y la profundidad es parte de la misma lógica renacentista de observar, medir, experimentar. Si uno mira el arte medieval y el renacentista, la diferencia es notable. En la Edad Media, las figuras eran más rígidas, planas, simbólicas. En el Renacimiento, los cuerpos parecen que están respirando. Aparecen la perspectiva lineal, el juego de luces y sombras, el interés por la anatomía. Entender el cuerpo humano pasaba por estudiarlo como haría un médico o un científico.
Da Vinci insistía en que antes de pintar había que dibujar bien “El dibujo, como primera fase indispensable para después pasar, ya en el orden de la ejecución, a la pintura: perfiles y modelado, contornos y relieve” (p. 14). No es solo una cuestión técnica, sino también de método, era primero entender la estructura y después darle vida y color.
Con todo esto la naturaleza pasa a ser la maestra y no solamente lo reproducible. No había que inventar reglas, había que mirar y aprender. Y disculpe la digresión pero también entiendo así el aprender a enseñar Filosofía, continúo. Leonardo no pintaba un árbol como un símbolo, sino como un organismo vivo. Y para eso se acercaba a las hojas o miraba la forma en que la luz atravesaba las ramas. Creía que el arte y la naturaleza estaban unidos, y que el pintor debía investigar. “La parte de la ciencia de la pintura consiste en conseguir que las figuras tengan movimientos apropiados, ya a su figura, ya a su condición” (p. 13). Esto implica mirar cómo camina una persona, cómo se agacha, cómo gesticula para captar el mismo movimiento en sí.
Defendía también la idea de que la pintura era un arte liberal, una disciplina intelectual. Para él, observar era el primer paso del conocimiento, y la vista era el sentido que mejor conectaba con la verdad. Por eso, y parafraseando varias partes del texto, la pintura tenía una cualidad superior a la poesía y la música, ya que podía representar de forma más concreta y visible la realidad, mostrando imágenes con una fuerza y evidencia que las palabras o los sonidos no siempre alcanzan. No bastaba con imaginar o escuchar, había que mirar y mirar bien. Esa obsesión por la observación lo llevó a estudiar desde la forma en que cae la luz sobre un rostro hasta cómo se distribuye el peso en una persona corriendo.
Esta forma de ver la pintura necesitaba método, observación y conocimiento de las leyes naturales. También era un arte liberal porque no se limitaba a lo manual, había que pensar, planificar, razonar. Tampoco separaba lo artístico de lo científico. En su visión, la pintura podía unir lo bello con lo verdadero, idea repetida sí, pero necesaria “488. No hay nada tan importante en la teoría de la pintura como la adecuación del movimiento a las circunstancias mentales de cada animal, tales como deseo, desdén, cólera, dolor.” (p. 11). Ahí se nota que para él la técnica servía, pero el objetivo final de una pintura era transmitir movimiento, vida, naturaleza, enojo, felicidad, en definitiva la realidad tal cual es.
Leonardo Da Vinci unió arte y ciencia para mostrarnos cómo la pintura dice la verdad.
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