El deseo elevado como camino hacia el conocimiento divino.
Introducción
El sufismo, conocido como el misticismo islámico, es una de las dimensiones más profundas y espirituales del islam. Su origen y desarrollo se remontan a los primeros siglos de esta religión, cuando los creyentes comenzaron a explorar formas de acercarse a Dios más allá de las prácticas rituales y normativas. Este camino místico se describe con frecuencia mediante términos árabes que capturan su esencia. Taṣawwuf, que significa "revestirse de lana" o "ser sufí", y ṭarīqa, que alude a "la vía" o "el itinerario", destacan como conceptos clave. Mientras el primero enfatiza la austeridad asociada con los primeros ascetas musulmanes, el segundo señala el componente doctrinal y práctico del camino espiritual que conduce a la unión con Dios.
La relación entre el sufismo y el término ṣūfī ha sido objeto de estudio entre especialistas. Según Sara Sviri, investigadora de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la palabra ṣūfī deriva de ṣūf, que significa "lana", refiriéndose a las vestimentas sencillas que usaban los primeros ascetas como signo de renuncia a lo mundano. Esta denominación, que comenzó a utilizarse ampliamente en el siglo IX, no implica que el misticismo islámico haya surgido en ese momento. De hecho, como señala Sviri, "el misticismo en el islam existía antes de que se conociera como sufismo" (Sviri, 2012, p. 33).
El origen del sufismo puede rastrearse en la ascética islámica, conocida como zuhd. Esta práctica, fundamentada en la renuncia a los placeres mundanos y la devoción estricta, buscaba purificar el alma y acercarla a Dios. Los primeros ascetas musulmanes, influidos por tradiciones anteriores como el cristianismo y el judaísmo, adoptaron un estilo de vida austero como expresión de su entrega total a lo divino. Sin embargo, el paso de la ascética a la mística implicó una transformación significativa. Mientras que la zuhd enfatizaba el desapego y el cumplimiento de preceptos, el sufismo incorporó una dimensión experiencial y emocional, centrada en el amor y la unión con Dios.
En este contexto, la figura de Rābi‘a al-‘Adawiyya se alza como un puente entre la ascética y la mística. Nacida en el siglo VIII en Basora, Rābi‘a vivió una vida marcada por el desasimiento material y la búsqueda de una conexión íntima con Dios. Su enfoque revolucionó la espiritualidad islámica, al proponer que el amor puro, libre de cualquier expectativa de recompensa o miedo al castigo, debía ser el eje de la relación con lo divino. Rābi‘a no solo trascendió las prácticas ascéticas de su tiempo, sino que también introdujo una dimensión ética y emocional al sufismo, enfatizando el amor como un fin en sí mismo.
El papel de las mujeres en el sufismo y la espiritualidad islámica ha sido históricamente limitado por las estructuras patriarcales. Sin embargo, figuras como Rābi‘a al-‘Adawiyya desafiaron estas restricciones al convertirse en referentes espirituales, admiradas tanto por hombres como por mujeres. Su vida y enseñanzas no solo redefinieron el lugar de las mujeres en el ámbito religioso, sino que también resaltaron la importancia de una espiritualidad que trasciende las jerarquías de género. En un mundo donde las mujeres eran relegadas al ámbito doméstico, Rābi‘a demostró que el conocimiento místico y la relación con Dios no estaban condicionados por el género, sino por la pureza del corazón y la intensidad del amor.
Además, el simbolismo del sufismo como camino espiritual, representado en términos como ṭarīqa, refleja la importancia del proceso en sí mismo. Este itinerario místico se describe como una serie de etapas que el practicante debe atravesar, cada una representando un grado más profundo de proximidad a Dios. Estas etapas, conocidas como maqāmāt (estaciones) y aḥwāl (estados), incluyen la renuncia, la paciencia, la gratitud, el amor y, finalmente, la unión. Rābi‘a destacó por reinterpretar este proceso desde una perspectiva femenina, subrayando la capacidad de las mujeres para experimentar las mismas profundidades espirituales que sus contrapartes masculinas.
La espiritualidad femenina en el islam, aunque a menudo relegada a un segundo plano, ha jugado un papel fundamental en la preservación y transmisión de las tradiciones religiosas. En muchos casos, las mujeres han sido las depositarias de prácticas y enseñanzas que, aunque marginadas por las narrativas oficiales, han sostenido la vida espiritual de sus comunidades. En el caso de Rābi‘a, su impacto trasciende las fronteras de género, estableciendo un modelo de devoción que sigue inspirando a creyentes de todas las tradiciones.
El deseo elevado. Búsqueda transformadora y gnoseológica.
El amor que Rābi‘a al-‘Adawiyya profesó y enseñó es, sin duda, uno de los paradigmas más elevados y complejos del misticismo islámico. Su concepción del amor como deseo espiritual no busca ni recompensas materiales ni espirituales, sino una conexión directa y pura con Dios. Este amor, llamado maḥabba en el sufismo, trasciende las nociones convencionales de devoción, ya que no se fundamenta en el miedo al castigo ni en la esperanza de una recompensa celestial, sino en el reconocimiento de la naturaleza divina como el Bien supremo.
Para comprender el alcance de esta propuesta, es esencial explorar el contexto en el que surge. En el siglo VIII, el islam estaba profundamente marcado por un enfoque normativo y ritualista que enfatizaba el cumplimiento de la sharia como la principal vía de relación con Dios. En este marco, las prácticas ascéticas (zuhd) desempeñaban un papel crucial, orientadas a la purificación del alma mediante la renuncia a los placeres mundanos. Sin embargo, Rābi‘a introdujo una dimensión nueva y radical: el amor como eje central de la experiencia espiritual.
El amor de Rābi‘a es, ante todo, un deseo transformador. Este deseo, que algunos teólogos describen como un anhelo profundo e inexplicable, no parte de un conocimiento conceptual, sino de una intuición de la presencia divina. En sus palabras: “El amor del Señor llena tanto mi corazón que no queda espacio para otro.”(‘Attar, 1976, 92). Esta experiencia refleja una paradoja fundamental: aunque parece surgir de la ausencia de conocimiento, genera un conocimiento profundo y transformador.
Desde una perspectiva filosófica, el amor de Rābi‘a desafía las concepciones tradicionales sobre la relación entre amor y conocimiento. Platón, por ejemplo, sostenía que el amor es un deseo de aquello que nos falta, lo que implica un conocimiento previo de lo deseado. Por otro lado, San Agustín planteaba que el amor y el conocimiento de Dios están interrelacionados: el ser humano no puede amar aquello que no sabe por completo, pero tampoco puede llegar a conocer verdaderamente a Dios sin amarle primero. Sin embargo, Rābi‘a rompe con estas ideas al afirmar que el amor a Dios no depende de un conocimiento previo, sino que lo genera a través de la experiencia directa y transformadora de su presencia.
Para ilustrar esta paradoja, podemos recurrir a la metáfora del viajero en la oscuridad. Aunque no puede ver su destino, siente una fuerza irresistible que lo impulsa hacia adelante. Este movimiento no está guiado por la visión, sino por una certeza interior que trasciende los sentidos. De manera similar, el amor de Rābi‘a no se basa en lo que sabe de Dios, sino en una intuición profunda de su presencia. Este amor, que parece surgir de la nada, es el motor que impulsa su búsqueda espiritual y el conocimiento que adquiere en el proceso.
El deseo espiritual que describe Rābi‘a tiene una cualidad transformadora única. Este deseo no solo acerca al amante a Dios, sino que también lo purifica al eliminar todo lo que no es divino. Este proceso, conocido en el sufismo como fanā’ o aniquilación, implica la disolución del ego y de los impulsos personales para permitir la unión con la voluntad divina. En este estado, el amante no solo experimenta la presencia de Dios, sino que también logra un conocimiento profundo de su propia naturaleza.
El ejemplo de Rābi‘a al negarse a contraer matrimonio ofrece una ilustración poderosa de cómo su amor a Dios transformó todos los aspectos de su vida. Cuando Ḥasan al-Baṣrī le preguntó por qué no se casaba, ella respondió: “El matrimonio es necesario para quien puede elegir; en cuanto a mí, no elijo por mí misma, pues soy de mi Señor y estoy a la sombra de sus mandatos.”(‘Aṭṭār, 1962, 150) Esta respuesta no solo refleja su devoción absoluta, sino también su comprensión de que el amor a Dios trasciende las relaciones humanas y las expectativas sociales.
Este amor transformador también tiene una dimensión ética. Amar a Dios implica vivir de acuerdo con su voluntad, lo que se traduce en humildad, gratitud y servicio desinteresado. En este sentido, el amor no solo eleva al individuo, sino que también lo capacita para actuar con compasión y justicia en el mundo. Para Rābi‘a, el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo, ya que ambos surgen de la misma fuente divina.
Conocimiento y amor
La conexión entre amor y conocimiento en la obra de Rābi‘a es inseparable. Para ella, amar a Dios no es solo un acto de devoción, sino también una forma de conocerlo. Este conocimiento, denominado ma‘arifa o gnosis en el sufismo, no se adquiere a través del estudio o la reflexión intelectual, sino mediante la unión con Dios en el acto de amar.
En este contexto, el amor se presenta como un puente entre lo humano y lo divino. Este amor no elimina la alteridad de Dios, pero trasciende las barreras que separan al ser humano de lo divino. En el caso de Rābi‘a, esta unión no solo transforma su comprensión de Dios, sino también su percepción de sí misma y del mundo.
La experiencia mística de Rābi‘a implica un tipo de conocimiento que trasciende las palabras y los conceptos. Este conocimiento no es un acopio de información, sino una experiencia vivida que transforma al amante en un reflejo del Amado. En sus palabras: “No es mi pena que yo esté afligida, sino que mi pena consiste en que no lo he estado.” (Ŷamī, 1962, 181) Este lamento no se refiere a una carencia física o material, sino a la percepción de que no ha amado lo suficiente.
La metáfora del espejo ofrece una manera poderosa de entender esta relación entre amor y conocimiento. En el acto de amar, el amante se convierte en un espejo que refleja la luz divina. Este reflejo no solo revela la esencia de Dios, sino también la del amante, quien descubre su verdadera identidad como parte de la realidad trascendente. Este proceso de autoconocimiento a través del amor tiene profundas implicaciones tanto a nivel espiritual como ético, ya que transforma la relación del individuo con Dios, consigo mismo y con los demás.
En el sufismo, esta unión entre amor y conocimiento tiene también una dimensión social y política. Al situar el amor como el centro de la existencia, Rābi‘a propuso una visión universal que trasciende las divisiones de género, clase y religión. Este enfoque sigue siendo relevante en un mundo marcado por la fragmentación y el conflicto, ofreciendo una alternativa basada en la compasión y la unidad.
La historia de Rābi‘a al-‘Adawiyya nos invita a reconsiderar nuestras concepciones de amor y conocimiento. En su visión, el amor no es solo un sentimiento o un estado emocional, sino una fuerza transformadora que nos conecta con lo divino y con los demás. Este amor, entendido como deseo elevado, no solo nos permite conocer a Dios, sino también a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
A través de su vida y sus palabras, Rābi‘a nos muestra que el amor no es una mera aspiración, sino el fundamento mismo de la existencia. En su experiencia, amar es conocer, y conocer es amar, en un círculo virtuoso que trasciende las limitaciones del tiempo y el espacio. Este enfoque no solo redefine la espiritualidad islámica, sino que también ofrece una visión universal que sigue resonando en el mundo contemporáneo.
Conclusión
Conocer el pensamiento de Rābi‘a al-‘Adawiyya y su concepción del amor como deseo elevado ha sido una experiencia profundamente transformadora, tanto en el ámbito filosófico como personal. Al reflexionar sobre el amor y el conocimiento a través de lo poco que se sabe de su vida y enseñanzas, me pareció reconocer la conexión entre estas ideas y las preguntas universales que han guiado a pensadores de todas las épocas. Rābi‘a se sitúa en una tradición que, a mi entender, no solo busca entender el amor y el conocimiento, sino también vivirlos como experiencias fundamentales para la existencia humana.
El amor, como lo entendía Platón, es un deseo que surge de la carencia, de la ausencia de aquello que nos completa. En su obra El Banquete, Platón presenta algunas definiciones para el amor, pero una es definida como un impulso que nos lleva hacia lo que es bueno, verdadero y bello, un movimiento ascendente desde el mundo sensible hacia el mundo de las Ideas. Sin embargo, esta concepción de amor como carencia contrasta con la visión de Rābi‘a, que no ve el amor a Dios como una búsqueda de algo que falta, sino como una entrega completa a una presencia que ya se intuye en el corazón. Mientras que Platón propone que el amor es un puente hacia el conocimiento, Rābi‘a nos muestra que el amor no solo conduce al conocimiento, sino que es su esencia misma.
Por otro lado, San Agustín, influenciado por el pensamiento platónico, también consideró el amor como un componente esencial en la búsqueda del conocimiento de Dios. En sus Confesiones, Agustín habla de cómo el amor dirige el alma hacia lo eterno, hacia un bien que trasciende las cosas materiales. Para Agustín, el amor verdadero debe estar orientado hacia Dios, porque solo Él puede satisfacer los anhelos más profundos del corazón humano. Al igual que Rābi‘a, Agustín entendió que el conocimiento de Dios no puede ser un ejercicio meramente intelectual; requiere del amor como su fundamento y su camino. Sin embargo, mientras Agustín se centró en el amor como una ordenación correcta de los afectos, Rābi‘a fue más allá al declarar que el amor a Dios debía ser puro, desinteresado, y libre incluso de la promesa de salvación.
Mi experiencia al leer sobre el islam, desde el año pasado, me ha abierto la puerta a un mundo nuevo de pensamiento, a formas diferentes de comprender el mundo que no están necesariamente ancladas en las tradiciones occidentales, pero que tienen una presencia innegable en la historia de las ideas. Estas lecturas me han permitido reconocer la riqueza de una perspectiva que no solo se centra en el intelecto, sino que también integra profundamente la espiritualidad, los sentimientos y la práctica diaria. Pensar en el amor y el conocimiento dentro de este marco me ha llevado a reflexionar sobre cómo estas ideas, aunque aparentemente abstractas, tienen un impacto directo en la manera en que vivimos nuestras vidas.
El amor y el conocimiento son conceptos difíciles de definir; son como la verdad: nunca los captamos completamente, pero podemos rodearlos, acercarnos a ellos con cuidado y atención. Rābi‘a, sin embargo, nos mostró otra posibilidad. No se detuvo en los límites de lo que podía comprender, sino que se entregó por completo al amor y a la espiritualidad. Este acto de abandono no es una renuncia al conocimiento, sino una afirmación de que el conocimiento más profundo proviene de vivir y sentir. Para ella, la verdad no era algo que se pudiera analizar o fragmentar, sino un todo que debía experimentarse en la unión con Dios.
También, sumando algunos conceptos, se puede percibir una reflexión implícita sobre la relación entre la pequeñez y la grandeza humanas, aunque desde una perspectiva mística y espiritual. Rābi‘a reconocía la fragilidad de la existencia humana frente a la inmensidad divina. Su concepto de fanā’, o aniquilación del ego, no solo resalta la pequeñez del ser humano en comparación con la grandeza infinita de Dios, sino que también pone de manifiesto cómo esta humildad es precisamente el camino hacia la grandeza espiritual. Al despojarse de su ego y reconocer su dependencia absoluta de lo divino, el amante no pierde su dignidad, sino que la reafirma al situarse en la verdad de su relación con el todo. Esta grandeza no se mide por logros materiales ni por poder, sino por la capacidad de trascender las limitaciones humanas y participar de lo eterno.
Al igual que la grandeza humana que surge del reconocimiento de su miseria, la espiritualidad de Rābi‘a subraya que el reconocimiento de nuestra fragilidad y pequeñez es el fundamento de nuestra grandeza. En sus palabras, el amor a Dios no consiste en obtener favores ni en evitar castigos, sino en un acto de entrega total que nos eleva por encima de nuestras preocupaciones mundanas. Este amor no solo es una manifestación de la grandeza espiritual, sino también un llamado ético: al reconocer nuestra pequeñez, estamos llamados a vivir de manera humilde, compasiva y plenamente conectada con los demás. La grandeza no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una posibilidad abierta a todos aquellos que estén dispuestos a entregarse al amor y a la verdad. Este equilibrio entre nuestra vulnerabilidad y nuestra capacidad de trascendencia es una lección que resuena tanto en la filosofía como en la espiritualidad.
Intentando no irme del tema con otros autores, pero lo que más me llama la atención de esta cultura islámica es su sentido de la vida, que dentro de mi interpretación tiene una capacidad de reconocerse primero como vivo, como parte de un todo, antes de saltar a las reflexiones más profundas. En el pensamiento islámico, como lo demuestra Rābi‘a, no basta con leer libros y aprender temarios; es necesario vivir lo que se estudia, sentir lo que se reflexiona. Esta integración entre pensamiento y vida me resulta profundamente inspiradora y desafiante al mismo tiempo, porque exige un compromiso total con la experiencia.
El ejemplo de Rābi‘a al-‘Adawiyya me invita a pensar en el conocimiento y el amor no como conceptos separados, sino como dimensiones de una misma realidad. Su entrega absoluta al deseo de Dios revela un camino que no depende de las certezas intelectuales, sino de la apertura al misterio y a lo desconocido. Esta actitud, que podríamos describir como una forma de "abandono consciente", es lo que más me pone en entredicho, porque desafía las estructuras habituales de pensamiento y muestra una relación más directa con la existencia.
Creo profundamente que nada en este mundo se hace sin sentimientos, por más espurios o transparentes que parezcan. Incluso el conocimiento, que a menudo consideramos una actividad puramente racional, está impregnado de emociones y deseos. En el caso de Rābi‘a, su conocimiento de Dios no surgió de una investigación intelectual, sino de un amor apasionado y puro que transformó cada aspecto de su vida. Este acto de entrega, que para muchos puede parecer una forma de renuncia, se convierte en una afirmación profunda de la vida y del ser.
Al parecer, solo Rābi‘a podría responder muchas de las preguntas que me surgen de leer sobre ella. Pero hay una en particular que quiero dejar por escrito: ¿es posible resignificar el abandono, no como una pérdida, sino como una entrega que nos reconcilia con el todo?
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