viernes, 26 de diciembre de 2025

Rābi‘a al-‘Adawiyya ¿Amar el no saber?

El deseo elevado como camino hacia el conocimiento divino.

Introducción

El sufismo, conocido como el misticismo islámico, es una de las dimensiones más profundas y espirituales del islam. Su origen y desarrollo se remontan a los primeros siglos de esta religión, cuando los creyentes comenzaron a explorar formas de acercarse a Dios más allá de las prácticas rituales y normativas. Este camino místico se describe con frecuencia mediante términos árabes que capturan su esencia. Taṣawwuf, que significa "revestirse de lana" o "ser sufí", y ṭarīqa, que alude a "la vía" o "el itinerario", destacan como conceptos clave. Mientras el primero enfatiza la austeridad asociada con los primeros ascetas musulmanes, el segundo señala el componente doctrinal y práctico del camino espiritual que conduce a la unión con Dios.

La relación entre el sufismo y el término ṣūfī ha sido objeto de estudio entre especialistas. Según Sara Sviri, investigadora de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la palabra ṣūfī deriva de ṣūf, que significa "lana", refiriéndose a las vestimentas sencillas que usaban los primeros ascetas como signo de renuncia a lo mundano. Esta denominación, que comenzó a utilizarse ampliamente en el siglo IX, no implica que el misticismo islámico haya surgido en ese momento. De hecho, como señala Sviri, "el misticismo en el islam existía antes de que se conociera como sufismo" (Sviri, 2012, p. 33).

El origen del sufismo puede rastrearse en la ascética islámica, conocida como zuhd. Esta práctica, fundamentada en la renuncia a los placeres mundanos y la devoción estricta, buscaba purificar el alma y acercarla a Dios. Los primeros ascetas musulmanes, influidos por tradiciones anteriores como el cristianismo y el judaísmo, adoptaron un estilo de vida austero como expresión de su entrega total a lo divino. Sin embargo, el paso de la ascética a la mística implicó una transformación significativa. Mientras que la zuhd enfatizaba el desapego y el cumplimiento de preceptos, el sufismo incorporó una dimensión experiencial y emocional, centrada en el amor y la unión con Dios.

En este contexto, la figura de Rābi‘a al-‘Adawiyya se alza como un puente entre la ascética y la mística. Nacida en el siglo VIII en Basora, Rābi‘a vivió una vida marcada por el desasimiento material y la búsqueda de una conexión íntima con Dios. Su enfoque revolucionó la espiritualidad islámica, al proponer que el amor puro, libre de cualquier expectativa de recompensa o miedo al castigo, debía ser el eje de la relación con lo divino. Rābi‘a no solo trascendió las prácticas ascéticas de su tiempo, sino que también introdujo una dimensión ética y emocional al sufismo, enfatizando el amor como un fin en sí mismo.

El papel de las mujeres en el sufismo y la espiritualidad islámica ha sido históricamente limitado por las estructuras patriarcales. Sin embargo, figuras como Rābi‘a al-‘Adawiyya desafiaron estas restricciones al convertirse en referentes espirituales, admiradas tanto por hombres como por mujeres. Su vida y enseñanzas no solo redefinieron el lugar de las mujeres en el ámbito religioso, sino que también resaltaron la importancia de una espiritualidad que trasciende las jerarquías de género. En un mundo donde las mujeres eran relegadas al ámbito doméstico, Rābi‘a demostró que el conocimiento místico y la relación con Dios no estaban condicionados por el género, sino por la pureza del corazón y la intensidad del amor.

Además, el simbolismo del sufismo como camino espiritual, representado en términos como ṭarīqa, refleja la importancia del proceso en sí mismo. Este itinerario místico se describe como una serie de etapas que el practicante debe atravesar, cada una representando un grado más profundo de proximidad a Dios. Estas etapas, conocidas como maqāmāt (estaciones) y aḥwāl (estados), incluyen la renuncia, la paciencia, la gratitud, el amor y, finalmente, la unión. Rābi‘a destacó por reinterpretar este proceso desde una perspectiva femenina, subrayando la capacidad de las mujeres para experimentar las mismas profundidades espirituales que sus contrapartes masculinas.

La espiritualidad femenina en el islam, aunque a menudo relegada a un segundo plano, ha jugado un papel fundamental en la preservación y transmisión de las tradiciones religiosas. En muchos casos, las mujeres han sido las depositarias de prácticas y enseñanzas que, aunque marginadas por las narrativas oficiales, han sostenido la vida espiritual de sus comunidades. En el caso de Rābi‘a, su impacto trasciende las fronteras de género, estableciendo un modelo de devoción que sigue inspirando a creyentes de todas las tradiciones.

El deseo elevado. Búsqueda transformadora y gnoseológica.

El amor que Rābi‘a al-‘Adawiyya profesó y enseñó es, sin duda, uno de los paradigmas más elevados y complejos del misticismo islámico. Su concepción del amor como deseo espiritual no busca ni recompensas materiales ni espirituales, sino una conexión directa y pura con Dios. Este amor, llamado maḥabba en el sufismo, trasciende las nociones convencionales de devoción, ya que no se fundamenta en el miedo al castigo ni en la esperanza de una recompensa celestial, sino en el reconocimiento de la naturaleza divina como el Bien supremo.

Para comprender el alcance de esta propuesta, es esencial explorar el contexto en el que surge. En el siglo VIII, el islam estaba profundamente marcado por un enfoque normativo y ritualista que enfatizaba el cumplimiento de la sharia como la principal vía de relación con Dios. En este marco, las prácticas ascéticas (zuhd) desempeñaban un papel crucial, orientadas a la purificación del alma mediante la renuncia a los placeres mundanos. Sin embargo, Rābi‘a introdujo una dimensión nueva y radical: el amor como eje central de la experiencia espiritual.

El amor de Rābi‘a es, ante todo, un deseo transformador. Este deseo, que algunos teólogos describen como un anhelo profundo e inexplicable, no parte de un conocimiento conceptual, sino de una intuición de la presencia divina. En sus palabras: “El amor del Señor llena tanto mi corazón que no queda espacio para otro.”(‘Attar, 1976, 92). Esta experiencia refleja una paradoja fundamental: aunque parece surgir de la ausencia de conocimiento, genera un conocimiento profundo y transformador.

Desde una perspectiva filosófica, el amor de Rābi‘a desafía las concepciones tradicionales sobre la relación entre amor y conocimiento. Platón, por ejemplo, sostenía que el amor es un deseo de aquello que nos falta, lo que implica un conocimiento previo de lo deseado. Por otro lado, San Agustín planteaba que el amor y el conocimiento de Dios están interrelacionados: el ser humano no puede amar aquello que no sabe por completo, pero tampoco puede llegar a conocer verdaderamente a Dios sin amarle primero. Sin embargo, Rābi‘a rompe con estas ideas al afirmar que el amor a Dios no depende de un conocimiento previo, sino que lo genera a través de la experiencia directa y transformadora de su presencia.

Para ilustrar esta paradoja, podemos recurrir a la metáfora del viajero en la oscuridad. Aunque no puede ver su destino, siente una fuerza irresistible que lo impulsa hacia adelante. Este movimiento no está guiado por la visión, sino por una certeza interior que trasciende los sentidos. De manera similar, el amor de Rābi‘a no se basa en lo que sabe de Dios, sino en una intuición profunda de su presencia. Este amor, que parece surgir de la nada, es el motor que impulsa su búsqueda espiritual y el conocimiento que adquiere en el proceso.

El deseo espiritual que describe Rābi‘a tiene una cualidad transformadora única. Este deseo no solo acerca al amante a Dios, sino que también lo purifica al eliminar todo lo que no es divino. Este proceso, conocido en el sufismo como fanā’ o aniquilación, implica la disolución del ego y de los impulsos personales para permitir la unión con la voluntad divina. En este estado, el amante no solo experimenta la presencia de Dios, sino que también logra un conocimiento profundo de su propia naturaleza.

El ejemplo de Rābi‘a al negarse a contraer matrimonio ofrece una ilustración poderosa de cómo su amor a Dios transformó todos los aspectos de su vida. Cuando Ḥasan al-Baṣrī le preguntó por qué no se casaba, ella respondió: “El matrimonio es necesario para quien puede elegir; en cuanto a mí, no elijo por mí misma, pues soy de mi Señor y estoy a la sombra de sus mandatos.”(‘Aṭṭār, 1962, 150) Esta respuesta no solo refleja su devoción absoluta, sino también su comprensión de que el amor a Dios trasciende las relaciones humanas y las expectativas sociales.

Este amor transformador también tiene una dimensión ética. Amar a Dios implica vivir de acuerdo con su voluntad, lo que se traduce en humildad, gratitud y servicio desinteresado. En este sentido, el amor no solo eleva al individuo, sino que también lo capacita para actuar con compasión y justicia en el mundo. Para Rābi‘a, el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo, ya que ambos surgen de la misma fuente divina.

Conocimiento y amor

La conexión entre amor y conocimiento en la obra de Rābi‘a es inseparable. Para ella, amar a Dios no es solo un acto de devoción, sino también una forma de conocerlo. Este conocimiento, denominado ma‘arifa o gnosis en el sufismo, no se adquiere a través del estudio o la reflexión intelectual, sino mediante la unión con Dios en el acto de amar.

En este contexto, el amor se presenta como un puente entre lo humano y lo divino. Este amor no elimina la alteridad de Dios, pero trasciende las barreras que separan al ser humano de lo divino. En el caso de Rābi‘a, esta unión no solo transforma su comprensión de Dios, sino también su percepción de sí misma y del mundo.

La experiencia mística de Rābi‘a implica un tipo de conocimiento que trasciende las palabras y los conceptos. Este conocimiento no es un acopio de información, sino una experiencia vivida que transforma al amante en un reflejo del Amado. En sus palabras: “No es mi pena que yo esté afligida, sino que mi pena consiste en que no lo he estado.” (Ŷamī, 1962, 181) Este lamento no se refiere a una carencia física o material, sino a la percepción de que no ha amado lo suficiente.

La metáfora del espejo ofrece una manera poderosa de entender esta relación entre amor y conocimiento. En el acto de amar, el amante se convierte en un espejo que refleja la luz divina. Este reflejo no solo revela la esencia de Dios, sino también la del amante, quien descubre su verdadera identidad como parte de la realidad trascendente. Este proceso de autoconocimiento a través del amor tiene profundas implicaciones tanto a nivel espiritual como ético, ya que transforma la relación del individuo con Dios, consigo mismo y con los demás.

En el sufismo, esta unión entre amor y conocimiento tiene también una dimensión social y política. Al situar el amor como el centro de la existencia, Rābi‘a propuso una visión universal que trasciende las divisiones de género, clase y religión. Este enfoque sigue siendo relevante en un mundo marcado por la fragmentación y el conflicto, ofreciendo una alternativa basada en la compasión y la unidad.

La historia de Rābi‘a al-‘Adawiyya nos invita a reconsiderar nuestras concepciones de amor y conocimiento. En su visión, el amor no es solo un sentimiento o un estado emocional, sino una fuerza transformadora que nos conecta con lo divino y con los demás. Este amor, entendido como deseo elevado, no solo nos permite conocer a Dios, sino también a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

A través de su vida y sus palabras, Rābi‘a nos muestra que el amor no es una mera aspiración, sino el fundamento mismo de la existencia. En su experiencia, amar es conocer, y conocer es amar, en un círculo virtuoso que trasciende las limitaciones del tiempo y el espacio. Este enfoque no solo redefine la espiritualidad islámica, sino que también ofrece una visión universal que sigue resonando en el mundo contemporáneo.

Conclusión

Conocer el pensamiento de Rābi‘a al-‘Adawiyya y su concepción del amor como deseo elevado ha sido una experiencia profundamente transformadora, tanto en el ámbito filosófico como personal. Al reflexionar sobre el amor y el conocimiento a través de lo poco que se sabe de su vida y enseñanzas, me pareció reconocer la conexión entre estas ideas y las preguntas universales que han guiado a pensadores de todas las épocas. Rābi‘a se sitúa en una tradición que, a mi entender,  no solo busca entender el amor y el conocimiento, sino también vivirlos como experiencias fundamentales para la existencia humana.

El amor, como lo entendía Platón, es un deseo que surge de la carencia, de la ausencia de aquello que nos completa. En su obra El Banquete, Platón presenta algunas definiciones para el amor, pero una es definida como un impulso que nos lleva hacia lo que es bueno, verdadero y bello, un movimiento ascendente desde el mundo sensible hacia el mundo de las Ideas. Sin embargo, esta concepción de amor como carencia contrasta con la visión de Rābi‘a, que no ve el amor a Dios como una búsqueda de algo que falta, sino como una entrega completa a una presencia que ya se intuye en el corazón. Mientras que Platón propone que el amor es un puente hacia el conocimiento, Rābi‘a nos muestra que el amor no solo conduce al conocimiento, sino que es su esencia misma.

Por otro lado, San Agustín, influenciado por el pensamiento platónico, también consideró el amor como un componente esencial en la búsqueda del conocimiento de Dios. En sus Confesiones, Agustín habla de cómo el amor dirige el alma hacia lo eterno, hacia un bien que trasciende las cosas materiales. Para Agustín, el amor verdadero debe estar orientado hacia Dios, porque solo Él puede satisfacer los anhelos más profundos del corazón humano. Al igual que Rābi‘a, Agustín entendió que el conocimiento de Dios no puede ser un ejercicio meramente intelectual; requiere del amor como su fundamento y su camino. Sin embargo, mientras Agustín se centró en el amor como una ordenación correcta de los afectos, Rābi‘a fue más allá al declarar que el amor a Dios debía ser puro, desinteresado, y libre incluso de la promesa de salvación.

Mi experiencia al leer sobre el islam, desde el año pasado, me ha abierto la puerta a un mundo nuevo de pensamiento, a formas diferentes de comprender el mundo que no están necesariamente ancladas en las tradiciones occidentales, pero que tienen una presencia innegable en la historia de las ideas. Estas lecturas me han permitido reconocer la riqueza de una perspectiva que no solo se centra en el intelecto, sino que también integra profundamente la espiritualidad, los sentimientos y la práctica diaria. Pensar en el amor y el conocimiento dentro de este marco me ha llevado a reflexionar sobre cómo estas ideas, aunque aparentemente abstractas, tienen un impacto directo en la manera en que vivimos nuestras vidas.

El amor y el conocimiento son conceptos difíciles de definir; son como la verdad: nunca los captamos completamente, pero podemos rodearlos, acercarnos a ellos con cuidado y atención. Rābi‘a, sin embargo, nos mostró otra posibilidad. No se detuvo en los límites de lo que podía comprender, sino que se entregó por completo al amor y a la espiritualidad. Este acto de abandono no es una renuncia al conocimiento, sino una afirmación de que el conocimiento más profundo proviene de vivir y sentir. Para ella, la verdad no era algo que se pudiera analizar o fragmentar, sino un todo que debía experimentarse en la unión con Dios.

También, sumando algunos conceptos, se puede percibir una reflexión implícita sobre la relación entre la pequeñez y la grandeza humanas, aunque desde una perspectiva mística y espiritual. Rābi‘a reconocía la fragilidad de la existencia humana frente a la inmensidad divina. Su concepto de fanā’, o aniquilación del ego, no solo resalta la pequeñez del ser humano en comparación con la grandeza infinita de Dios, sino que también pone de manifiesto cómo esta humildad es precisamente el camino hacia la grandeza espiritual. Al despojarse de su ego y reconocer su dependencia absoluta de lo divino, el amante no pierde su dignidad, sino que la reafirma al situarse en la verdad de su relación con el todo. Esta grandeza no se mide por logros materiales ni por poder, sino por la capacidad de trascender las limitaciones humanas y participar de lo eterno. 

Al igual que la grandeza humana que surge del reconocimiento de su miseria, la espiritualidad de Rābi‘a subraya que el reconocimiento de nuestra fragilidad y pequeñez es el fundamento de nuestra grandeza. En sus palabras, el amor a Dios no consiste en obtener favores ni en evitar castigos, sino en un acto de entrega total que nos eleva por encima de nuestras preocupaciones mundanas. Este amor no solo es una manifestación de la grandeza espiritual, sino también un llamado ético: al reconocer nuestra pequeñez, estamos llamados a vivir de manera humilde, compasiva y plenamente conectada con los demás. La grandeza no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una posibilidad abierta a todos aquellos que estén dispuestos a entregarse al amor y a la verdad. Este equilibrio entre nuestra vulnerabilidad y nuestra capacidad de trascendencia es una lección que resuena tanto en la filosofía como en la espiritualidad.

Intentando no irme del tema con otros autores, pero lo que más me llama la atención de esta cultura islámica es su sentido de la vida, que dentro de mi interpretación tiene una capacidad de reconocerse primero como vivo, como parte de un todo, antes de saltar a las reflexiones más profundas. En el pensamiento islámico, como lo demuestra Rābi‘a, no basta con leer libros y aprender temarios; es necesario vivir lo que se estudia, sentir lo que se reflexiona. Esta integración entre pensamiento y vida me resulta profundamente inspiradora y desafiante al mismo tiempo, porque exige un compromiso total con la experiencia.

El ejemplo de Rābi‘a al-‘Adawiyya me invita a pensar en el conocimiento y el amor no como conceptos separados, sino como dimensiones de una misma realidad. Su entrega absoluta al deseo de Dios revela un camino que no depende de las certezas intelectuales, sino de la apertura al misterio y a lo desconocido. Esta actitud, que podríamos describir como una forma de "abandono consciente", es lo que más me pone en entredicho, porque desafía las estructuras habituales de pensamiento y muestra una relación más directa con la existencia.

Creo profundamente que nada en este mundo se hace sin sentimientos, por más espurios o transparentes que parezcan. Incluso el conocimiento, que a menudo consideramos una actividad puramente racional, está impregnado de emociones y deseos. En el caso de Rābi‘a, su conocimiento de Dios no surgió de una investigación intelectual, sino de un amor apasionado y puro que transformó cada aspecto de su vida. Este acto de entrega, que para muchos puede parecer una forma de renuncia, se convierte en una afirmación profunda de la vida y del ser.

Al parecer, solo Rābi‘a podría responder muchas de las preguntas que me surgen de leer sobre ella. Pero hay una en particular que quiero dejar por escrito: ¿es posible resignificar el abandono, no como una pérdida, sino como una entrega que nos reconcilia con el todo?


Bibliografía:

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¿Cuidarse en el Nosotros?

 Subjetividad, Alteridad y ¿Liberación? Diálogo entre Foucault, Epicteto, Levinas y Dussel.

“And I am not frightened of dying. Any time will do; I don’t mind. Why should I be frightened of dying? There’s no reason for it — you’ve got to go sometime.”

Pink Floyd, “The Great Gig in the Sky”

1. El Cuidado de Sí y el Desafío de la Alteridad: El Punto de Partida

Desde sus orígenes en la Antigüedad griega, la filosofía puede leerse como un incesante esfuerzo por la formación del alma (psykhē) y del carácter (ethos). El fin de esta práctica era alcanzar la vida buena (eudaimonia) a través del conocimiento de la verdad y la práctica de la virtud (aretē). Aun cuando este ideal se desarrollaba en el horizonte de la comunidad política (polis), el ejercicio filosófico exigía un trabajo sobre sí mismo, una atención particular del individuo hacia su propia alma. La máxima délfica gnōthi seautón (“conócete a ti mismo”) y la práctica de la epimeleia heautou (“cuidado de sí”) expresan la primacía de este trabajo interior. Sin embargo, en estas fórmulas que orientan la mirada hacia el alma individual, resuena una pregunta que será crucial para el análisis ¿cuál es el lugar preciso que ocupa el otro en este camino hacia la excelencia y la verdad?

Esa pregunta adquiere aún más densidad en la relectura que Michel Foucault propone en su curso de 1982, La hermenéutica del sujeto. En un gesto genealógico de tremenda potencia, Foucault rescata el "cuidado de sí" no como un precepto moral ni como una postura narcisista, sino como una práctica de libertad fundamental para la constitución ética del individuo. En la clase del 3 de febrero, distingue dos grandes regímenes que articulan esta práctica. El primero, de raíz platónica, se caracteriza porque el cuidado de sí y el cuidado de los otros (la polis) son absolutamente indisociables. En este modelo, la epimeleia heautou es la preparación necesaria y la condición de posibilidad para la vida política: uno debe aprender a gobernarse a sí mismo para adquirir la capacidad y la legitimidad para gobernar a los demás. La ética, por tanto, no es meramente anterior o subordinada a la política, sino su fundamento mismo. El segundo régimen, propio de la época helenística y romana, representa una ruptura radical con este modelo. Allí se produce lo que Foucault denomina la "autofinalización de sí": el cuidado de sí se desvincula de su finalidad política, deja de ser un medio y deviene el fin último de la existencia. Se instaura así una auténtica "cultura de sí", una estética de la existencia orientada a la constitución del sujeto como obra de arte.

Inspirado en los estoicos, especialmente en Epicteto y Marco Aurelio, Foucault muestra cómo el sujeto se constituye éticamente mediante un conjunto de tecnologías del yo: ejercicios espirituales (askēsis), escritura de sí (hypomnēmata), exámenes de conciencia y un diálogo incesante consigo mismo. Epicteto, en particular, encarna la idea de que la libertad no reside en las condiciones externas, sino en el dominio de la prohairesis: el poder de elección interior que hace posible la serenidad (ataraxia) y la autosuficiencia (autarkeia). En este horizonte, el sujeto se convierte en su propio artesano, y la ética se vuelve práctica de autodominio.

Pero es precisamente en el corazón de esa autonomía donde se abre un problema decisivo. En esta genealogía que Foucault nos propone, hace notar que la relación con el otro no desaparece, pero queda subordinada. El otro (amigo, maestro o discípulo) es apenas un mediador o espejo de un trabajo centrado en la autoconstitución. La amistad epicúrea sostiene la tranquilidad del sabio; el deber hacia la ciudad es efecto de una rectitud interior. El otro aparece, así, como instrumento o consecuencia, pero no como origen del acto ético. La libertad del sujeto se afirma, pero su apertura al otro se debilita.

Es en este cierre del sujeto sobre sí mismo donde lo que Foucault expone puede ser interpelado por una corriente que sitúa la alteridad en el principio mismo de la subjetividad. Pensadores como Emmanuel Levinas y, en su proyección latinoamericana Enrique Dussel. En Levinas, el sujeto no se constituye desde la autonomía de la conciencia ni desde la soberanía de la voluntad, sino que es, ante todo, constituido y llamado por la epifanía del rostro del otro. Ese rostro interrumpe la totalidad del yo e impone una responsabilidad infinita y anárquica, anterior a toda libertad y a toda decisión. El sujeto ético no es el que se cuida, sino el que se descubre responsable del otro, desposeído de su centralidad por la exigencia de responder.

Dussel recoge el guante de esta interpelación de Levinas y la encarna en la historia concreta de América Latina. El otro, en su lectura, no es una figura abstracta, sino el rostro del oprimido, del pobre, del excluido por el sistema/mundo moderno/colonial. La responsabilidad ética se traduce en praxis política de liberación. Con esta visión, un “cuidado de sí” que no asuma el cuidado del otro deja de ser práctica de libertad para convertirse en forma de complicidad. La libertad no consiste, entonces, en la autarquía del sabio, sino en la apertura solidaria hacia los otros que el sistema niega.

Con esto intento indagar la tensión entre dos modos de subjetivación: la autonomía del sujeto que se constituye en el cuidado de sí (Epicteto y Foucault) y la heteronomía del sujeto convocado por la responsabilidad ante el otro (Levinas y Dussel). No se trata de una mera oposición, sino de explorar si puede pensarse una articulación posible o si debemos aceptar su inconmensurabilidad.

2. El Cuidado de Sí y la Cultura de la Autonomía: La Ciudadela Interior

Foucault identifica, en la filosofía de los siglos I y II d.C., un acontecimiento fundamental, una auténtica mutación en la historia de las prácticas de sí. Se trata de una ruptura decisiva con el modelo platónico, en el que la ética y la política estaban indisolublemente ligadas. En el nuevo plano helenístico y romano, el cuidado de sí se emancipa de su finalidad cívica para convertirse en un fin que se basta a sí mismo. Foucault describe este fenómeno como un verdadero giro copernicano en la historia de la subjetividad:

“Probablemente uno de los fenómenos más importantes en la historia de la práctica de sí, y acaso en la historia de la cultura antigua, sea ver al yo —y por consiguiente las técnicas del yo y, por lo tanto, toda esa práctica de sí mismo que Platón designaba como inquietud de sí— revelarse poco a poco como un fin que se basta a sí mismo, sin que la inquietud por los otros constituya el fin último y el índice que permite valorizar la inquietud de sí.” (Foucault, 1982, p. 176)

Esta “autofinalización de sí” inaugura una auténtica cultura de sí. Un enorme campo de ejercicios espirituales, dietéticas del alma, exámenes de conciencia y prácticas discursivas cuyo objetivo ya no es el gobierno de la ciudad, sino el gobierno de sí mismo. La meta deja de ser la virtud pública y se transforma en una salvación íntima, entendida en clave intramundana: alcanzar la serenidad y la libertad interior que vuelven al individuo invulnerable a las contingencias del destino.

Epicteto, con la sobriedad ascética de su Enquiridión, encarna como pocos este proceso que Foucault nombra. En su filosofía se aglomera una distinción radical que es al mismo tiempo puerta de entrada a la libertad, la separación entre lo que depende de nosotros y lo que no.

“Hay cosas que están bajo nuestro control y otras que no lo están. Bajo nuestro control se hallan las opiniones, las preferencias, los deseos, las aversiones y, en una palabra, todo lo que es inherente a nuestras acciones. Fuera de nuestro control está el cuerpo, las riquezas, la reputación, las autoridades y, en una palabra, todo lo que no es inherente a nuestras acciones.” (Epicteto, Enquiridión, 1)

Esta división, tan simple en su formulación como compleja en su ejercicio, es el cimiento de toda la ética estoica. La libertad no consiste en alterar las circunstancias externas (el cuerpo, la fortuna o la opinión ajena), sino en gobernar lo único que verdaderamente nos pertenece que es nuestra facultad de juzgar y de elegir, la prohairesis. La serenidad (ataraxia) y la autosuficiencia (autarkeia) son los frutos de ese trabajo interior constante. El sabio, dice Epicteto, habita una “ciudadela interior”, una fortaleza racional inexpugnable que ninguna desgracia puede asaltar. Ante cualquier suceso adverso, se dirige a sí mismo con la lucidez del discernimiento:

“No eres más que apariencia; no eres en absoluto lo que pareces ser.” (Epicteto, Enquiridión, 1)

Foucault interpreta estas prácticas ascéticas como tecnologías del yo, es decir, como procedimientos mediante los cuales el individuo actúa sobre sí para transformarse y alcanzar un modo de ser determinado. La libertad no es obediencia a una ley externa, sino autoformación, el poder de configurarse a sí mismo como sujeto ético. Ya no se trata del individuo sometido a las estructuras del poder, sino del sujeto que se constituye activamente. Como señala Foucault, en esta época “uno se preocupa por sí mismo para sí mismo, y ese desvelo encuentra su propia recompensa en la inquietud de sí. En ésta, somos nuestro propio objeto, nuestro propio fin.” (Foucault, 1982, p. 177)

Sin embargo, es precisamente en este núcleo de autonomía donde noto la tensión que es mi intención mostrar. La subjetividad así concebida, aunque emancipa al individuo del poder externo, mantiene al otro en un papel secundario. El maestro, el amigo o el confidente aparecen como mediadores pedagógicos, espejos útiles en el camino hacia la perfección, pero el centro de gravedad ético permanece anclado en el sí mismo. Foucault no ignora al otro, de hecho, dedica pasajes extensos al análisis de la amistad epicúrea y de los deberes del ciudadano estoico. No obstante, en su reconstrucción, tales vínculos aparecen como efectos de un cuidado de sí ya logrado. La relación con el otro funciona como instrumento de perfeccionamiento, no como fuente originaria del sentido ético.

Epicteto mismo es tajante en esta prioridad del dominio interior. Ante la disyuntiva entre cultivar la razón o dispersarse en lo externo, su consejo no admite ambigüedad:

“Debes elegir entre ser un filósofo o alguien del vulgo.” (Epicteto, Enquiridión, 29)

Así, la ciudadela interior del sabio se eleva, pero a costa de un repliegue que deja en suspenso la alteridad, no digo que la elimine porque eso sería imposible. Pero el sujeto se perfecciona y el mundo queda afuera. Y es en ese punto de máxima fortaleza donde se muestra la fisura y podemos preguntar ¿puede la ética del cuidado de sí trascender su lógica funcional y abrirse a una relación genuina con el otro? ¿O está condenada, por su estructura de auto-constitución, a reducir toda alteridad a un simple medio en el proyecto del yo? El desafío consiste en determinar si es posible abrir la ciudadela interior sin que esta se derrumbe. 

3. Levinas: La Interrupción del Sí por la Epifanía del Otro

Si la cultura de sí que Foucault reconstruye a partir de los estoicos representa el punto culminante de una ética fundada en la autonomía, el pensamiento de Emmanuel Levinas aparece como una interrupción. En Totalidad e Infinito, Levinas lleva a cabo una inversión de la prioridad ontológica y ética que ha dominado la filosofía occidental. Antes de ser una conciencia soberana, antes del “yo pienso”, antes incluso de ser una libertad que se da a sí misma su propia ley, el sujeto según Levinas es, fundamentalmente, para el otro. La subjetividad no nace del repliegue reflexivo sobre sí, sino de la exposición, la pasividad y la vulnerabilidad ante la irrupción del rostro ajeno.

La filosofía occidental, desde Platón hasta Heidegger, ha sido, según Levinas, una ontología, es decir, una filosofía del Mismo. Un pensamiento que absorbe toda alteridad en la esfera de lo comprensible, neutralizando su diferencia al integrarla dentro del orden del saber. Incluso la ética del cuidado de sí, con su camino en la autoformación y la autarquía, sigue en el fondo esta misma lógica:

“La primacía del Mismo fue la lección de Sócrates. No recibir nada del Otro sino lo que está en mí, como si desde toda la eternidad yo tuviera lo que me viene de fuera.” (Levinas, 2002, p. 67)

Levinas trastoca esta tradición con un movimiento que es filosófico y espiritual, desplaza la ontología para situar la ética como filosofía primera. El origen de lo ético no está en una decisión del sujeto, sino en un acontecimiento que lo precede y lo desborda. Esta es la epifanía del rostro del Otro. El rostro no es un objeto entre objetos ni una mera figura visible, es expresión, palabra, llamada.

“La manifestación del rostro es ya discurso.” (Levinas, 2002, p. 89)

Ese discurso no consiste en un intercambio entre iguales, sino en un mandato que surge de la altura y también de la miseria del Otro. La primera palabra del rostro, su mandamiento originario, es:

“No matarás. Lo infinito paraliza el poder con su resistencia infinita al homicidio, que, duro e insuperable, brilla en el rostro del otro, en la desnudez total de sus ojos, sin defensa, en la desnudez de la apertura absoluta de lo Trascendente. Ahí hay una relación, no con una resistencia mayor, sino con algo absolutamente Otro: la resistencia del que no presenta resistencia: la resistencia ética. La epifanía del rostro suscita esta posibilidad de medir lo infinito de la tentación de homicidio, no solamente como una tentación de destrucción total, sino como una imposibilidad —puramente ética— de esta tentación y tentativa.” (Levinas, 2002, p. 212)

Esta oposición no es una norma moral entre otras, sino el acontecimiento que inaugura la moralidad misma, la detención de mi impulso espontáneo, la limitación de mi poder. Levinas lo formula con una precisión envidiable:

“El Otro es el único ser al que yo puedo querer matar. [...] Pero esta posibilidad [...] es precisamente la imposibilidad moral de aniquilar. Interdicción que no equivale simplemente a la imposibilidad pura y simple y que supone aun la posibilidad que precisamente prohíbe.” (Levinas, 2002, p. 212)

La aparición del rostro, entonces, no amplía la libertad, sino que la interrumpe. En el lugar donde Foucault veía una práctica de libertad, Levinas descubre una heteronomía, el yo no es el punto de partida, sino el resultado de haber sido llamado, acusado, convocado por el Otro. El sujeto no se elige a sí mismo sino es elegido por el Otro, y esta elección no es una dignidad, sino una carga.

“La conciencia moral no es una experiencia de valores, sino una experiencia de la autoridad.” (Levinas, 2002, p. 109)

Con este marco teórico, el proyecto del cuidado de sí se ve profundamente cambiado en sus conceptos. Cuidarse ya no significa buscar la perfección interior o la invulnerabilidad ante el destino, sino asumir el peso del sufrimiento ajeno, incluso a costa de la propia serenidad. Si la cultura estoica de sí aspiraba a la ataraxia, la ética de la alteridad se funda en la inquietud, en la desposesión de sí, en una apertura que no promete paz sino desasosiego. El rostro del Otro, dice Levinas,

“Finalmente, lo infinito que desborda la idea de lo infinito, acusa la libertad espontánea en nosotros. (Se refiere al Rostro del Otro) La dirige, la juzga y la trae a su verdad. El análisis de la idea de lo Infinito a la cual sólo se accede a partir de un Yo, se terminará con la superación de lo subjetivo.” (Levinas, 2002, pp. 75)

El yo que buscaba serenarse en su ciudadela interior descubre aquí que esa fortaleza es precisamente lo que debe ceder. La ética de Levinas no destruye la subjetividad, pero la descentra, la saca de su lugar, la arranca de su ensimismamiento y la reubica en el lugar de la responsabilidad. No se trata ya de perfeccionarse, sino de responder. No de ser libre, sino de ser responsable del otro hasta el punto de la sustitución. Yo respondo por él incluso de lo que no hice.

Y sin embargo, esta crítica no elimina del todo el horizonte de la Hermenéutica del Sujeto, sino que lo desborda. Donde Foucault describe el trabajo del sujeto sobre sí como autoformación, Levinas nos recuerda la pasividad que precede a toda formación, el hecho de que el sujeto es, antes que obra de sí, criatura, es decir, alguien que ha sido afectado, tocado, obligado. La tensión entre ambos no es sólo conceptual, la leo existencial. La autonomía y la heteronomía no se excluyen como error y verdad, sino que se reclaman mutuamente como polos enfrentados e irreductibles de una experiencia ética.

Además el propio Levinas reconoce que la relación con el Otro requiere un yo capaz de gozar, de afirmarse, de vivir. Sin ese gozo elemental, sin esa afirmación mínima del existir, no habría sujeto que pudiera ser responsable. 

“El yo es felicidad [...]. La felicidad se basta por el ‘no bastarse’ de la necesidad. La falta del gozo que denunciaba Platón no compromete al instante de la suficiencia.” (Levinas, 2002, p. 137)

El yo debe existir para poder responder. Su gozo no es pecado, sino condición de posibilidad de la ética. Sin esa distancia que lo separa del otro, no habría encuentro posible.

De este modo, la tensión entre el cuidado de sí y la responsabilidad por el otro se revela menos como una oposición que como una dinámica vital. Tal vez el cuidado de sí no deba entenderse como repliegue narcisista, sino como la forma misma en que el sujeto se dispone a la alteridad. Cuidarse, en este sentido, no sería buscar la ataraxia, sino cultivar la fuerza necesaria para sostener la inquietud infinita que el Otro provoca. Sería prepararse, no para encerrarse en la ciudadela interior, sino para abrir sus puertas sin que el alma se desmorone.

4. De Levinas a Dussel: La Ética de la Alteridad como Política de la Liberación

Si la ética de Emmanuel Levinas representa una interrupción fundamental en la tradición filosófica del Mismo occidental, el pensamiento de Enrique Dussel puede entenderse como el esfuerzo por encarnar esa interrupción en la historia concreta de los pueblos de América Latina. Dussel, lector y crítico de Levinas, lleva la pregunta por la alteridad más allá del ámbito metafísico y la instala en el corazón mismo de la realidad colonial y dependiente de América Latina. Allí, el “rostro” del Otro no puede permanecer en el plano de la universalidad abstracta, ese otro tiene cuerpo, nombre, piel e historia. Es el rostro del indígena despojado, del afrodescendiente esclavizado, de la mujer marginada, del pobre urbano y del campesino desplazado. Es, en última instancia, el rostro colectivo de las víctimas del sistema/mundo moderno/colonial.

Dussel parte de la crítica de Levinas a la ontología como filosofía de la totalidad, pero la sitúa históricamente. La Totalidad no es solo una estructura conceptual, sino la forma concreta de la Modernidad, entendida como un “sistema-mundo” eurocéntrico que comienza en 1492. La conquista de América no fue un acontecimiento periférico, sino el acto fundacional de una totalidad que se autoproduce como “centro” mientras expulsa y margina a los otros a la periferia. El pensamiento, la cultura, la economía y la política modernas se edifican sobre esa exclusión originaria. El Otro deja de ser entonces una categoría puramente metafísica y se vuelve el rostro negado por la historia, el rostro colonizado, invisibilizado, explotado:

Deseo precisar también claramente que cuando me refiera en esta obra a «el Otro», siempre y exclusivamente me situaré en el nivel antropológico. Un «absolutamente Otro» en esta Ética sería algo así como una tribu amazónica que no hubiera tomado ningún contacto con la civilización actual, hoy prácticamente inexistente. (Dussel, 2013, p. 16)

Sin dudas, en nuestro país y en otros del Sur, tenemos claramente estos ejemplos en nuestros desaparecidos del último gobierno de facto. Por esto la alteridad, en Dussel, deja de ser un evento intersubjetivo para convertirse en una categoría política. Su ética radicaliza la de Levinas al traducirla en una responsabilidad histórica, una responsabilidad que exige transformar las estructuras que producen el dolor del otro. No se trata ya de un llamado a la bondad individual, sino de una exigencia de liberación. El Otro no es sólo el prójimo, sino el pueblo oprimido, la comunidad negada, la humanidad empobrecida que el sistema mismo descarta. Así lo expresa Dussel:

El principio de la obligación de producir, reproducir y desarrollar la vida humana concreta de cada sujeto ético en comunidad. Este principio tiene pretensión de universalidad. Se realiza a través de las culturas [...] y las diversas maneras de cumplir la «vida buena», la felicidad, etc. (Dussel, 2013, p. 91)

La ética, así concebida, no comienza con el deber abstracto, sino con el llamado, con la voz, con la señal de ese otro oprimido, desaparecido. El punto de partida de la Ética de la Liberación es el hecho histórico de la exclusión masiva que define al sistema global contemporáneo:

El punto de partida de esta Ética de la Liberación es el "hecho masivo de la crisis de un «sistema-mundo» [...] que se está globalizando hasta llegar al último rincón de la Tierra, excluyendo, paradójicamente, a la mayoría de la humanidad". (Dussel, 2013, p. 11)

De allí que la responsabilidad no se limite al rostro singular, sino que se amplía hacia la vida amenazada, hacia la materialidad concreta de los cuerpos y de la tierra. La ética se vuelve una ética de la vida contra las lógicas de muerte del capital y del colonialismo. Si en Levinas el “no matarás” molesta como una palabra trascendente, en Dussel ese mandamiento se traduce en praxis: no permitir que el otro muera de hambre, de exclusión o de y en silencio.

Aunque Levinas había advertido la dificultad de trasladar la pureza de la relación cara-a-cara al campo ambiguo de la política. Dussel asume esa dificultad como un deber. Sabe que la ética que rehúye el conflicto se vuelve estéril, que el amor al prójimo sin justicia estructural corre el riesgo de ser cómplice de lo mismo que pretende denunciar. En sus términos, una ética que no se encarne en praxis se convierte en mera "moral de consuelo". Por eso, en América Latina, la política de la liberación no es una opción entre otras, sino el modo en que la ética se hace historia, el momento en que el cuidado del otro se transforma en compromiso transformador.

Desde estos conceptos que venimos repasando, el “cuidado de sí” que Foucault nombra adquiere un nuevo tenor. En un continente como el nuestro atravesado por siglos de dependencia, cuidarse no puede significar refugiarse en la ciudadela interior, sino asumir la vulnerabilidad compartida. El cuidado de sí se convierte en cuidado del nosotros, práctica de libertad que deviene en práctica de liberación. Cuidarse ya no es preservarse, sino responsabilizarse de la vida amenazada del otro. Se trata de cuidar el cuerpo, la memoria, la lengua, el territorio, la comunidad, todo aquello que el sistema intenta convertir en desecho, en no-ser.

El sujeto ético-político, desde este lugar, ya no es el sabio que busca su autarquía, sino el sujeto histórico y comunitario que emerge en la lucha por la justicia. El “sí mismo” se constituye en el nosotros. El “conócete a ti mismo” se reinterpreta, desde el Sur, como un “reconócete en la historia de tu pueblo”, y el “cuida de ti” se transforma en el mandato que resume toda ética de la liberación: “Te cuidas, cuidando de la vida de los otros.”

Cuidarse en el nosotros

Pensar el cuidado de sí en América Latina, después de Foucault, Epicteto, Levinas y Dussel, es pensar una paradoja que la puedo formular así: que solo se puede cuidar de uno mismo cuidando de los otros. Que la libertad, si no se comparte, degenera en privilegio. Que la introspección sin alteridad corre el riesgo de convertirse en la coartada espiritual y, por qué no, también racional, del mismo sistema que nos enferma.

Durante siglos, la filosofía nos enseñó a mirarnos en el espejo de la razón, pero quizás ha llegado el momento de mirar en el espejo roto de la historia. Ahí donde el reflejo no devuelve un rostro perfecto, sino fragmentos de vidas negadas, memorias rotas y cuerpos vulnerados. Ese es el verdadero punto de partida del cuidado, reconocer que no hay “sí mismo” sin los otros que nos sostienen, nos duelen o nos interpelan.

Si Foucault nos invitó a una práctica de libertad, Dussel nos recuerda que en América Latina la libertad no es una experiencia estética del sujeto, sino una necesidad vital de los pueblos. El cuidado de sí, entonces, no puede reducirse a un ejercicio privado de autogobierno, sino que debe convertirse en una forma de resistencia y de reconstrucción de un lazo social. Cuidarse, aquí y ahora, es cuidar del territorio, de la palabra, de la memoria y de la justicia.

Pero ¿cómo se cuida uno mismo en un mundo que produce subjetividades descartables? ¿Cómo hablar de libertad interior cuando millones de personas ni siquiera tienen asegurada la supervivencia material? ¿Tiene sentido hablar de “vida buena” sin transformar las condiciones que la hacen imposible para tantos?

Quizás el desafío contemporáneo consiste en volver a unir lo que la modernidad quizás intentó separar, esto es la ética y la política, el alma y el cuerpo, el individuo y el pueblo. Cuidarse de verdad implicará, paradójicamente, exponerse, dejarse afectar, dejar de ser el centro. Asumir que no hay identidad sin vulnerabilidad, ni libertad sin responsabilidad.

Tal vez el nuevo cuidado de sí no se parezca al sabio que medita en silencio, sino al campesino que defiende su tierra, a la madre que organiza una olla popular, a una juventud que no vivió los momentos más oscuros de nuestro país, pero que lucha por memoria, dignidad y justicia. Cuidarse, entonces, no es replegarse, es resistir, es acompañar, es sostener la vida cuando todo conspira contra ella.

Y quizás ahí, en ese gesto humilde y rebelde a la vez, puede que resida la posibilidad más radical de la filosofía, que nos dé la oportunidad no la de explicarlo todo, sino la de seguir preguntando.






Bibliografía: 


  • Dussel, E. (2013). Ética de la Liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Editorial Docencia.

  • Epicteto. Enquiridión. Manual recuperado de: https://www.nueva-acropolis.es/libros/Epicteto-Maximas.pdf 

  • Foucault, M. (2002). La hermenéutica del sujeto: Curso en el Collège de France (1981-1982).

  • Levinas, E. (2002). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad (6ª ed.). Ediciones Sígueme.

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